Se acabó lo de irse al quinto infierno buscando un lugar sin luces, pasar frío, estar horas instalando el chisme, apuntarlo, seguir un objeto, tropezar con cables y aparatos, recordar que uno se ha olvidado de algo y todo para que luego salga una birria de foto en la que no se ve nada. Por lo que cuentan, este negocio de alquiler de tiempo de observación está acabando con la industria de los telescopios de aficionado. Ya lo utilizan los estudiantes en las escuelas y universidades de algunos países, entre ellos España, y el negocio va en aumento. Los nostálgicos se quejan (nos quejamos) de que se pierde el compañerismo y la charla con los amigos. Pero eso está pasando también en las redacciones de los periódicos y en muchas otras actividades. Es el tele-trabajo y el tele-ocio. Acabaremos todos como los japoneses, que viven en burbujas aisladas conectadas entre si por cables.
Esto de la red es lo que tiene. Lo mismo sirve para derribar dictadores árabes mediante Twiter que para terminar con profesiones enteras. La compra por Internet va en aumento. Las fábricas eliminan puestos de trabajo sustituyéndolos por robots que no piden convenios colectivos. La banca on-line hará lo mismo y ya nos estamos acostumbrando a charlar con máquinas para pedir hora en el médico. Tiene la ventaja de que hay que utilizar menos el coche pero a mi me parece que esto no terminará bien por mucho que esté encantado de ver el cielo desde el desierto de Atacama en Chile sin salir de casa.

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