19/10/09

Mentalizarse




El viejo dicho popular de que “a todo se acostumbra uno” tiene varias formas de interpretarse. Hay una que me ha sido especialmente útil a lo largo de mi vida y me ha ayudado a aceptar algunas situaciones desagradables de forma más “filosófica”. Se trata de mentalizarse. El truco funciona especialmente bien algunas veces pero otras no tanto y surge el enemigo malo, el desánimo.

Empezó a los diecinueve años (creo), cuando me dijeron que tenía que llevar gafas ya “siempre”. Para alguien como yo, cuya vocación desde pequeño era ser mono y que me pasaba todo el tiempo que podía subido a la parte más alta de los árboles, montañas, armarios, puertas, etc...dando saltos acrobáticos y sin vértigo ninguno, obligarle a llevar gafas era como cortarle las piernas a un futbolista.
Con el tiempo acabé mentalizándome.

Luego volví a descubrirlo durante los largos viajes casi semanales que hacía por trabajo. Si desde el principio aceptas que te esperan cinco o seis horas de aburridas Castillas (monótonas y sin montañas), y que la vida es así, sufres menos.

Cuando se cambia de situación vital (de lugar, de pareja, de trabajo....) al principio cuesta mentalizarse. Cuando el médico te anuncia que tienes que tomar una pastilla ya siempre o cuando descubres que alguna de las muchas piezas de las que nos componemos empieza a notar el paso del tiempo y sufre algún desgaste (otros le llaman “goteras”) también hay un periodo de adaptación. Luego uno se mentaliza.

Tal vez un sinónimo de mentalizarse sea resignarse, o asumirlo. Conseguirlo ocupa una parte importante de las psicoterapias ante las personas que no pueden adaptarse a los cambios y es una tarea que puede resultar muy costosa.

Con el tiempo uno se acostumbra a estos cambios y reconoce las diferentes fases del acostumbrarse. Suelen ser siempre las mismas aunque las situaciones sean distintas. En casi treinta años de trabajo en una misma empresa he padecido unos veinte cambios de ubicación (alguien se debe estar forrando con tanto traslado). Lo que al principio supone extrañeza luego resulta familiar. Algo parecido sucede con los cambios de domicilio, o de ciudad. El truco consiste en saber que “no hay mal que mil años dure” y que a todo se acostumbra uno, que el tiempo hace milagros, que amor con amor se cura y que hay en la mente mecanismos (de defensa) para superarlo casi todo.

Puede que sea un optimista patológico o que lleve aquí ya mucho tiempo pero ahora apenas me sobresaltan los anuncios de grandes catástrofes. Las primeras goteras (crisis de los cincuenta) me provocaron un principio de hipocondría que luego ha desaparecido (espero) al darme cuenta que lo normal es que nunca pase nada y que casi todo tenga remedio. He aprendido que hay que temer al temor y que las cosas (incluso el dentista) son menos graves que lo que uno se imagina al principio.

Es posible que, después de muchos años de despiste, haya aprendido trucos para sonreir en medio de algunas adversidades, de permanecer tranquilo cuando parece avecinarse un cataclismo (una crisis económica, un nuevo dolor, un nuevo jefe, un nuevo vecino de arriba con niños pequeños......) y aceptar que la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida.

Puede que, simplemente, esté creciendo y haya aprendido algo de todo el tiempo que llevo aquí. Supongo que estas reflexiones tienen que ver con el hecho de que desde hace dos días ya ha desaparecido el cero detrás del seis que indica mi edad y en su lugar ha aparecido un uno. Gracias a los que me han felicitado. Como dicen, cumplir años no es tan malo si se compara con la alternativa.